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La canción ganadora del Óscar: himno en busca de un anhelo

Billie Eilish at 2024 Oscars

Billie Eilish | Fair Use via YouTube

Matthew Becklo - publicado el 15/03/24

El himno de la Gen-Z, cantado por Billie Eilish, fue creado para la película Barbie y es una obra de añoranza existencial, un lastimero grito de esperanza en el futuro

Recientemente “What Was I Made For?”, el éxito de la banda sonora de Barbie -escrito por los hermanos Billie Eilish y Finneas O’Connell-, se llevó el premio a la mejor canción original en los Óscares. En un momento de la ceremonia de premiación, los hermanos subieron a un escenario de color rosa para interpretar la canción en vivo con una orquesta completa.

Ver la película -así sea en los cines o en plataformas streaming– no fue necesario para que, la mayoría de las personas, conozca esta canción; tanto en redes sociales como en la radio, los suaves acordes de piano y la letra en voz baja, casi susurrada, contrastaban sorprendentemente con la música que habitualmente escuchamos en estos canales.

Y es una canción tremendamente triste. Está, por supuesto, la tristeza superficial de la música: delicada, melancólica, incompleta, el equivalente auditivo de sostener un juguete de la infancia y sentir las punzadas de la inocencia perdida. Luego, está la tristeza más profunda de la letra: un reconocimiento de la artificialidad, la incertidumbre y, sí, la melancolía de la edad: “¿Cuándo terminó? Todo el disfrute / Estoy triste otra vez, no se lo digas a mi novio”.

Sehnsucht

Pero hay una tristeza aún más profunda, que solo puede llamarse existencial. Toda la canción, y especialmente el estribillo, busca, pero apenas roza, una especie de Sehnsucht, el inexpresable anhelo de no sabemos qué. La cantante no solo quiere encontrar su propósito; quiere habitar ese algo sin nombre que algún día -de algún modo- lo hará realidad.

C.S. Lewis, el creador de la serie Narnia, quedó cautivado por esta agitación del deseo sagrado. ¿De dónde procede? ¿Por qué está en nosotros?

“Los libros o la música en los que creíamos que se encontraba la belleza nos traicionarán si confiamos en ellos”, escribió; “no estaba en ellos, solo llegaba a través de ellos, y lo que llegaba a través de ellos era el anhelo”. Sehnsucht es “el eco de una melodía que no hemos oído”.

Está claro que Eilish, de solo 22 años, ha dado en el clavo con esta canción, sobre todo entre los jóvenes. El discreto vídeo musical, que la muestra arrastrando los pies entre una colección de trajes de muñeca en miniatura bajo el viento y la lluvia, tiene más de cien millones de visitas.

Aburrimiento generacional

Pero la tristeza de este himno de la Generación Z -una tristeza profunda e inconfundible- no está tanto en el Sehnsucht en sí, sino entre líneas, por así decirlo, en la cultura que lo impregna y lo rodea. Este anhelo no es honrado, sino sofocado en todas partes. Y ni siquiera eso, ya que la sofocación sugeriría algún tipo de confrontación; la vocecita de Sehnsucht apenas se encoge de hombros.

No es lo suficientemente rápida ni visible como para que realmente importe, ni siquiera a muchos tipos religiosos. No hay amplitud espiritual para reconocer lo irreconocible; todos estamos demasiado “distraídos de la distracción por la distracción”.

No hay sabiduría heredada para nombrar lo innombrable: solo destellos vagos y fugaces de saber que las cosas deberían estar bien, pero no lo están; que deberíamos sentirnos felices y bien, pero no lo estamos; que nuestra identidad debería estar arraigada en algo, pero no lo está. En un mundo plagado de datos y desprovisto de misterio -y por tanto, como dijo Rollo May, de esperanza-, el anhelo es un grito lastimero.

El poder del anhelo

Pero hay poder -y esperanza- en cantar ese anhelo. Y de hecho, hay un resquicio de esperanza en las letras: la obstinada intuición de que no aparecimos sin más, sino que fuimos creados; que no fuimos creados en vano, sino por una razón; y que esta razón no es la tristeza o la frustración, sino la felicidad y la alegría: “Creo que olvidé cómo ser feliz / Algo que no soy, pero algo que puedo ser / Algo que espero / Algo para lo que estoy hecho”.

Por supuesto, este es precisamente el mensaje que recorre la Suma de Aquino, las Confesiones de Agustín y el Nuevo Testamento: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10,10). El cristianismo, para muchos jóvenes, ha sido una respuesta sin sentido y sin preguntas. “Para qué fui hecho” -que, como dice un escritor del WaPo, “sonaba como una canción de cuna pero parecía más una oración”- hace el difícil trabajo de plantear la pregunta correcta.

En la medida en que esta Sehnsucht abre el camino a Dios, abre el camino a la felicidad: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni corazón humano concibió, lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co 2,9). Pero en la medida en que se repliega en otra cosa, se repliega, como llegó a ver Lewis, en la tristeza:

“Todo lo que llamamos historia humana -dinero, pobreza, ambición, guerra, prostitución, clases, imperios, esclavitud- es la larga y terrible historia del hombre tratando de encontrar algo distinto de Dios que le haga feliz”.

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