Este 7 de febrero debería haber concluido el polémico mandato del presidente de Haití, Jovenal Moïse. Las balas asesinas se interpusieron para que Moïse no pudiera llegar al final de su período al frente de esta sufrida isla antillana: fue asesinado en su casa la noche del 6 al 7 de julio de 2021.
Por si no tuviera grandes problemas, desde entonces y hasta el día de hoy, Haití ahondó su crisis humanitaria, política y económica que en los últimos meses ha alcanzado tintes de alarma, sin que, fuera de organizaciones internacionales, pueda recibir la ayuda que el pueblo pide a gritos.
Los desastres naturales –ciclones y terremotos—que han sacudido el territorio haitiano aunados a la corrupción política y al aumento indiscriminado de los secuestros y asesinatos, han motivado que miles de haitianos emigran o hacia la vecina República Dominicana o hacia Estados Unidos, pasando por México.
Momento muy peligroso
Por ello, los obispos de Haití, ha emitido un comunicado urgente en el que se subraya que el momento que vive Haití –tras nuevas intentonas de golpe de Estado e imposibilidad de realizar elecciones de las que surja un nuevo presidente (el actual primer ministro Ariel Henry es interino)—es “extremadamente peligroso”.
Los obispos haitianos saben de qué hablan cuando advierten sobre la posibilidad de un estallido social que dejaría un reguero de muerte en el suelo del país más pobre de América Latina y uno de los más pobres del mundo: la iglesia católica ha sufrido en su carne el secuestro, la extorsión y la violencia de varios de sus miembros.
Para que no quede ninguna duda de lo que está provocando la tensión política y la animosidad entre partidos y facciones políticas por el nombramiento de un sucesor a Jovenal Moïse, los prelados haitianos han dicho que se trata de “un momento crucial” en el que está en juego “la propia existencia” de Haití como nación.
Exigencia de unidad
La Conferencia Episcopal de Haití hizo un enérgico llamado a los actores políticos para que encuentren caminos de unidad y superen la división dramática que está conduciendo a un callejón sin salida, a un “caos total” en el que las únicas palabras que podrán pronunciarse serán las palabras de los fusiles.
“Ha llegado el momento de la unidad, de la unión que hace la fuerza, de la puesta en común de nuestras ideas y esfuerzos, de un consenso nacional y patriótico”, señalan los obispos en su comunicado, al tiempo que piden a los políticos el “más amplio consenso” para recuperar la soberanía de Haití.
“El pueblo haitiano no aguanta más. Están cansados, exhaustos, agotados. Están cansados de vivir en condiciones totalmente alienantes, humillantes, inhumanas y deshumanizadas”, advierten los prelados. Y ante ese cansancio la única respuesta posible ha de ser el mirar por el “bien supremo de la Nación”.
Renunciar a privilegios
En el párrafo central del comunicado, los obispos exponen lo siguiente: “No es el momento de divisiones, desunión, desacuerdos, discordia y luchas fratricidas por el poder ni de mirar desenfrenada y desvergonzadamente por los intereses propios, egoístas y mezquinos”; es el momento de “renunciar decididamente” a los privilegios del poder económico, social y político.
Por último, y antes de invocar la protección de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, los obispos exigieron “a los grupos armados y a los secuestradores que siembran impunemente la violencia, el miedo, la muerte, el luto, la desolación, la angustia y la desesperación en las familias haitianas”, que depongan las armas y dejen de derramar la sangre de sus hermanos.
El 7 de febrero de 1986 fue cuando la familia de los dictadores Duvalier abandonó Haití y desde entonces ese día marca el inicio y el fin de cada período presidencial. El del presidente Juvenel Moise terminaría el pasado lunes, pero Henry, quien debe dejar el poder, anunció que no lo hará sino cuando se defina al vencedor de unas hipotéticas elecciones aún sin fecha.