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Si hay un género musical que desde hace siglos cuenta con una enorme afición ese es la Ópera. Lo que nació en Europa como un deleite para los oídos, ha traspasado fronteras y culturas y sigue suscitando profundas emociones en aficionados de todas las edades y nacionalidades.
En algunos, hasta provoca el deseo de convertirse en tenor o en soprano. No son pocos los estudiantes que viajan hasta Italia para formarse en este género para el que, no solo hay que tener buena voz, sino también una férrea disciplina, dedicación porque las horas de estudio son muchas y una auténtica vocación. Es necesaria, además, mucha paciencia porque puede que el éxito y reconocimiento nunca lleguen.
En los últimos años, hay voces que van despuntando en la escena operística como la de Lisette Oropesa quien triunfa en teatros de todo el mundo. Pese a su juventud, ya que tan solo tiene 38 años, cuenta con una dilatada carrera y se ha convertido en una de las sopranos más aclamadas. Por eso, no es extraño que cuando su nombre aparece en el cartel de una Ópera, las entradas vuelen.
Sin duda, el carisma es otro elemento que contribuye a la fama del artista y Oropesa lo demostró hace unas semanas en el Teatro Regio de la ciudad italiana de Parma.
Era la protagonista en solitario de un recital con acompañamiento de piano a cargo del maestro Francesco Izzo. Lisette estaba interpretando la canción “Sempre libera”, aria que concluye el primer acto de “La Traviatta” de Giuseppe Verdi.
La pieza tiene una parte que corresponde a la voz masculina, la de Alfredo, pero el recital lo ofrecía ella sola interpretando a Violetta por lo que, en esa parte, la soprano simplemente permanecía en silencio. Pero, cuando llegó ese momento, sucedió algo del todo imprevisto.