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«Oh Cruz de Cristo», una oración del papa Francisco

UCRAINA, CROCE, EDIFICIO BOMBARDATO

Skoles | Shutterstock

Una cruz junto a un edificio residencial en ruinas de Ucrania

Ary Waldir Ramos Díaz - publicado el 25/03/16 - actualizado el 13/09/22

En medio de la conmoción de unos atentados terroristas, el Papa escribió esta oración a la cruz llena de dolor y de esperanza

Esta emocionante oración la rezó el papa Francisco el Viernes Santo de 2016 durante el rito del Vía Crucis en el imponente escenario del Coliseo de Roma:

Oh Cruz de Cristo,
símbolo del amor divino y de la injusticia humana,
icono del supremo sacrificio por amor y del extremo egoísmo por necedad,
instrumento de muerte y vía de resurrección,
signo de la obediencia y emblema de la traición,
patíbulo de la persecución y estandarte de la victoria.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo alzada en nuestras hermanas y hermanos asesinados, quemados vivos, degollados y decapitados por las bárbaras espadas y el silencio infame.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los rostros de los niños, de las mujeres y de las personas extenuadas y amedrentadas que huyen de las guerras y de la violencia,
y que con frecuencia sólo encuentran la muerte y a tantos Pilatos que se lavan las manos.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los doctores de la letra y no del espíritu,
de la muerte y no de la vida,
que en vez de enseñar la misericordia y la vida,
amenazan con el castigo y la muerte y condenan al justo.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los ministros infieles
que, en vez de despojarse de sus propias ambiciones,
despojan incluso a los inocentes de su propia dignidad.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los corazones endurecidos
de los que juzgan cómodamente a los demás,
corazones dispuestos a condenarlos incluso a la lapidación,
sin fijarse nunca en sus propios pecados y culpas.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los fundamentalismos y en el terrorismo
de los seguidores de cierta religión que profanan el nombre de Dios
y lo utilizan para justificar su inaudita violencia.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los que quieren quitarte de los lugares públicos
y excluirte de la vida pública,
en el nombre de un cierto paganismo laicista
o incluso en el nombre de la igualdad que tú mismo nos has enseñado.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los poderosos y en los vendedores de armas
que alimentan los hornos de la guerra con la sangre inocente de los hermanos.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los traidores
que por treinta denarios entregan a la muerte a cualquier persona.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los ladrones y en los corruptos
que en vez de salvaguardar el bien común y la ética
se venden en el miserable mercado de la inmoralidad.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los necios
que construyen depósitos para conservar tesoros que perecen,
dejando que Lázaro muera de hambre a sus puertas.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los destructores de nuestra «casa común»
que con egoísmo arruinan el futuro de las generaciones futuras.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los ancianos abandonados por sus propios familiares,
en los discapacitados, en los niños desnutridos
y descartados por nuestra sociedad egoísta e hipócrita.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en nuestro Mediterráneo y en el Mar Egeo
convertidos en un insaciable cementerio,
imagen de nuestra conciencia insensible y anestesiada.

Oh Cruz de Cristo,

imagen del amor sin límite y vía de la Resurrección,
aún hoy te seguimos viendo en las personas buenas y justas
que hacen el bien sin buscar el aplauso o la admiración de los demás.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los ministros fieles y humildes
que alumbran la oscuridad de nuestra vida,
como candelas que se consumen gratuitamente para iluminar la vida de los últimos.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en el rostro de las religiosas y consagrados
–los buenos samaritanos– que lo dejan todo para vendar, en el silencio evangélico,
las llagas de la pobreza y de la injusticia.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los misericordiosos
que encuentran en la misericordia la expresión más alta de la justicia y de la fe.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en las personas sencillas que viven con gozo su fe
en las cosas ordinarias y en el fiel cumplimiento de los mandamientos.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los arrepentidos
que, desde la profundidad de la miseria de sus pecados, saben gritar:
Señor acuérdate de mí cuando estés en tu reino.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los beatos y en los santos
que saben atravesar la oscuridad de la noche de la fe sin perder la confianza en ti
y sin pretender entender tu silencio misterioso.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en las familias
que viven con fidelidad y fecundidad su vocación matrimonial.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los voluntarios
que socorren generosamente a los necesitados y maltratados.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los perseguidos por su fe
que con su sufrimiento siguen dando testimonio auténtico de Jesús y del Evangelio.

Oh Cruz de Cristo,
aún hoy te seguimos viendo en los soñadores que viven con un corazón de niños
y trabajan cada día para hacer que el mundo sea un lugar mejor, más humano y más justo.

En ti, Cruz Santa,

vemos a Dios que ama hasta el extremo,
y vemos el odio que domina y ciega el corazón y la mente
de los que prefieren las tinieblas a la luz.

Oh Cruz de Cristo, Arca de Noé que salvó a la humanidad del diluvio del pecado,
líbranos del mal y del maligno.
Oh Trono de David y sello de la Alianza divina y eterna,
despiértanos de las seducciones de la vanidad.
Oh grito de amor, suscita en nosotros el deseo de Dios, del bien y de la luz.

Oh Cruz de Cristo,
enséñanos que el alba del sol es más fuerte que la oscuridad de la noche.

Oh Cruz de Cristo,
enséñanos que la aparente victoria del mal se desvanece ante la tumba vacía
y frente a la certeza de la Resurrección y del amor de Dios,
que nada lo podrá derrotar u oscurecer o debilitar.

Amén.

La oración fue escrita por el Pontífice y él la rezó al final de las 14 estaciones que recuerdan la Pasión de Cristo.

Estaban muy recientes los atentados islamistas en el aeropuerto de Bruselas, en los que murieron 35 personas y más de 340 resultaron heridas.

Los textos de las meditaciones y las oraciones de la Vía Crucis fueron preparadas ese año por el cardenal italiano Gualtiero Bassetti, arzobispo de Perugia sobre el tema: “Dios es misericordia”.

14 Estaciones de Cristo entre los que sufren

Un Dios que refleja sus lágrimas de sufrimiento por sus hijos inocentes: los migrantes bloqueados en las fronteras, los cristianos perseguidos, los judíos en campos de concentración, las familias divididas, los niños violados; pero que también mira con esperanza la conversión de los poderosos prepotentes que pisan a los inocentes y los débiles.

El Papa dejó en el aire varias cuestiones para meditar: ¿Dónde está Dios en las minas y en las fábricas donde trabajan niños como esclavos? ¿Dónde está Dios en las embarcaciones que se hunden en el Mediterráneo?

Historia

La historia de la Vía Crucis en el Coliseo inició en el Año Santo de 1750 con papa Benedicto XIV.

El Pontífice hizo consagrar el anfiteatro Flavio en memoria de los mártires cristianos. Así se vuelve una tradición el rito de las 14 estaciones como la conocemos hoy.

Después de 1870, con la unidad de Italia, esta devoción no repitió. Después en 1926 en el tiempo de los pactos de Letrán la Cruz volvió al Coliseo.

En 1959 Juan XXIII volvió a celebrar el rito en el Coliseo, pero hubo que esperar a Pablo VI para que en 1964 se convirtiera en una tradición para cada Viernes Santo, también en tiempos de la transmisión televisiva.

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